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"Reflexiones sobre una Verdadera Educación Emocional"
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Psic. Miriam López López
Asociada Centro Transformación




Cuando era estudiante de la carrera de psicología siempre dije que no quería dedicarme al ámbito educativo. Sin embargo, por azares del destino desde hace más de un año me encuentro inmersa en este sistema tan complejo de la educación, aunque en el nivel especial como apoyo a primaria. De esta manera aunque me parece agradable el contacto con los niños hoy en día me encuentro en el dilema de no saber cómo desarrollar mi labor con ellos, pues ser miembro de los trabajadores de la educación cambia de forma radical el objetivo, debido a que en dicho ámbito al parecer lo único que se pretende es formar niños con buenas capacidades de memorización sin importar el desarrollo de valores sensibles, éticos y con una calidad humana de ayuda mutua. Por el contrario, parecería entonces que el objetivo es más bien generar la desproporción de personas adultas centradas en sí mismas, en lograr su reconocimiento social y, por supuesto, en su gratificación inmediata sin importar el método por el cual lo consigan (que la mayoría de las veces es a costa de lastimar a las personas que los rodean), ya que en el ámbito educativo es reconocido el niño que aprende fácilmente los contenidos (temas de las materias en base al grado que se encuentre), que obedece sin cuestionar al maestro o al enfoque de enseñanza con el que se le prepara. Así, este niño es a quien el maestro muchas de las veces se regocija llamándolo el “inteligente” de la clase, cuando al maestro se le olvida que la memorización, la capacidad de retención y del llamado síndrome del “periquito” (el que solo repite sin reflexionar acerca de lo que dice) no es lo único que compone a un verdadero alumno, mucho menos lo que refleja el trabajo de un verdadero maestro, ya que si hablamos de lo que en realidad debiera enseñar, nos encontraríamos con que su labor va más allá de mecanimizar la mente y volvernos como robots siempre repitiendo las mismas conductas. Es algo mucho más complementario, pues la capacidad de reflexión y cuestionamiento es algo muy importante que el alumno promedio debe de aprender y a lo cual no está acostumbrado, debido a que esto lo llevará a saber desafiar retos importantes no solo a nivel escolar sino también emocional, puesto que de ahí partirán muchas de las preguntas que cada ser humano se forma en base a sus experiencias y que le gustaría cuestionar en algún momento de su vida con la finalidad de saber hacía donde se dirige.

Por lo que la escuela debería ser el ámbito propicio para que el alumno pueda expresarse sin temor a ser castigado, juzgado o incluso repudiado. Debido a que muchos de los maestros en servicio no lo permiten, el alumno crece en confusión por los dobles mensajes que escucha día a día, ya que los maestros buscan de forma aparente que el alumno se comunique y pueda expresar sus ideas, inquietudes y desacuerdos. Sin embargo cuando esto llega a suceder el alumno es señalado de forma constante apagando cada vez más esa habilidad de cuestionamiento, dándole dobles mensajes del tipo “exprésate pero cállate”, “exprésate pero no me digas lo que no te gusta”, “exprésate pero no me critiques”, etc. De esta manera lo único que está aprendiendo el alumno es que siempre tiene que guardar sus inquietudes y soportar las exigencias de las personas que tengan más autoridad que él o, en el otro lado de la moneda, de que cuando ellos lleguen a ser figuras de autoridad para alguien más (empleados, hijos, etc.), inconscientemente funcionen bajo este comportamiento que han aprendido a lo largo de su vida, pues si con los maestros no pueden expresarse y mostrar sus inquietudes de forma abierta buscarán de forma inconsciente donde poder hacerlo y repetir el mismo patrón de abuso más adelante.

Por ello consideramos urgente la sensibilización de los maestros abriendo el espacio para reflexionar qué es lo que queremos inculcarles a nuestros alumnos, pensar en que cada ciclo escolar sería bueno generarnos un propósito a nivel personal. Es decir, sabemos de antemano que los contenidos educativos (materias que se ven a lo largo del ciclo escolar) tienen un seguimiento que ya están preestablecidos y que en el transcurso del mismo no cambian de forma drástica, por lo que no necesitamos mantenernos al pendiente de ello, pues con el cumplimiento de las planeaciones bastan. Sin embargo algo en lo que al parecer no pensamos y mucho menos estamos al pendiente es en lo qué aportaré como educación emocional de mis alumnos. Si bien tenemos un apoyo para reflexionar esto (que es la materia de educación cívica y ética), también es cierto que no hemos explotado por completo dicha materia, quizá por lo mismo de estar tan enfocados en alimentar a la mente con información, pero nos olvidamos de que también el alimento del alma es importante, incluso vital, pues si partimos desde ahí un niño que se encuentra con mucha saturación emocional sin apertura a que alguien lo apoye. En ese sentido, el aprendizaje se torna limitado, nulo, pues incluso es una de las causas principales de la deserción escolar (porque ahora ya ni el dinero lo pueden poner como pretexto pues el gobierno les ha dado de sobremanera la facilidad de obtenerlo sin esfuerzo alguno), por lo cual muchas de las veces no basta con que a su vez el maestro se esfuerce por ser el que lo sabe todo (a nivel teoría) sino, por el contrario, me he encontrado con que la mayor limitante que podemos tener como maestro es creer que lo sabemos todo y que nosotros somos los mejores maestros que los niños puedan tener, porque en ese sentido lo mejor que pueden tener los alumnos es un profesor sensible que pueda respetar y acompañar los sentimientos de cada uno de sus alumnos, no olvidando por supuesto su función de enseñar, pero también cuidando qué es lo que el niño más necesita en esa etapa de su vida.

En conclusión, como maestros el mismo sistema nos puede volver un poco distantes, represivos e incluso fríos ante las emociones que nuestros alumnos puedan manifestar. Sin embargo es importante que nos detengamos ante el mismo acelere de la vida y reflexionemos sobre los efectos que podemos tener como modelos de autoridad en los alumnos, pues es de reconocer con bastante orgullo y sentirnos satisfechos cuando un niño logra la consolidación de sus conocimientos básicos, porque es verdad que el proceso muchas de las veces no es fácil; sin embargo sería de mayor satisfacción no solo a nivel profesional sino personal saber que contribuimos para que se formara un ser humano integro, completo, el cual conoce sus capacidades, pero que también conoce sus limitantes y que eso no lo hace sentirse ni bien ni mal, ya que simplemente lo sabe, es consciente de que le hace falta desarrollar más habilidades y que esto mismo le puede ayudar a ir descubriendo nuevas cosas sabiendo que no tiene que agradar a nadie, ni cumplir ninguna expectativa, sino más bien conocer qué es lo que realmente quiere y hacia dónde se dirige. De esta manera el maestro sabrá que él es solo un facilitador y podrá reconocer y apreciar el mérito de quien realmente lo merece.